Se dice de mi...

Mi foto
Empezaría por mi nacimiento, pero no sé cuando nací. Es que en realidad no sé qué es nacer, los verbos inventar (se), advenir (se), aparecer (se), creo que son igual a nacer, o parecidos, o algo así. Yo me invento, me advengo y me aparezco constantemente, nazco constantemente para volver a nacer. Siempre con otra máscara, otro disfraz, otro personaje. No hay un nacimiento, hay miles, millones, tantos como ganas de re-crearse, como fuerzas transformadoras, como pestañeos en una vida, como respiraciones en un sueño de primavera. Me creo una y otra vez, siempre diferente, siempre más diferente, y vivo en nuevos zapatos que desgasto con ímpetu, para desaparecer en su degenero, para volver a empezar, y volver a nacer. No puedo empezar por mi nacimiento, no puedo empezar, no hay comienzo, soy eterno devenir. Incluso desde antes de mi concepción: fui hablada, fui deseada, fui nombrada, fui nacida en la palabra una y otra vez. No existe un antes, no existe un después, sólo existe un ahora, un ahora que condensa en una unidad toda mi historia que a la vez incluye toda la historia de la humanidad. Soy aquella que reúne todo eso que es imposible de nombrarse en una sola vez.

martes


redonda inmensidad
su luz penetra infalible
atravesando capas
de vidas y eternidad

el príncipe

Recuerdo la noche en que lo conocí. Era una de esas noches de verano en donde el alma invernal aparece para recordarnos de su necesaria existencia. Los ponchos ya habían sido rescatados del fondo del placard para abrigar los cuerpos vestidos de verano, en una noche que se perfilaba larga. Estábamos sentados en círculo, alrededor de una gran mesa redonda que cargaba vasos con vino y restos de comida. Había una guitarra sonando y voces cantando canciones que hablaban de amor y de borracheras. Nos mirábamos sonrientes, felices, plenos, sin decir más palabras que las de la canción de turno. Los perros descansaban en un sueño profundo, con la tranquilidad de estar en un lugar seguro. Recuerdo haberme detenido a observar el ritmo de sus respiraciones, y sorprenderme ante la sincronía de sus inhalaciones y exhalaciones, la cual tenía lugar a pesar de que los canes se encontraban uno en cada punta del patio. Y así, entre inhalación y exhalación, apareció él, con su magia, su música suave, sus palabras sensibles, su ritmo tranquilo. Inmediatamente mi atención se dirigió a esa melodía que me envolvió en un abrazo caluroso y acogedor. Lo sentí con todo mi cuerpo, dejándolo penetrar hasta en los recovecos más oscuros y deshabitados de mí. Y lo llenó todo de luz y de sentido. Le otorgó a mi Ser todo eso que hacía tiempo estaba pidiendo a gritos. Rápidamente se marchó, dejando en mí esa sensación de "haberlo encontrado". Fue el primer acorde de una nueva canción que empezaba a sonar lo que me hizo salir de ese estado de profunda inmersión, lo que me permitió observar los rostros de los demás y así ver lo mismo que había visto en mí: Magia. Poco a poco esas sensaciones se fueron difumando, y todos entramos en una especie de amnesia colectiva preguntándonos por lo que había sucedido antes de esta nueva canción que se comenzaba a entonar (o, siendo más exacta, a desentonar). La noche terminó con la luz del día, con los labios y los dientes teñidos por el color de la uva, y algunos bellos durmientes en los sillones, que no aguantaron el regreso al hogar. Por mi parte, volví caminando a casa, acompañada por el canto de los zorzales que musicalizaban esa hermosa madrugada fría de verano. Esa mañana la dormí toda y recuerdo que soñé con castillos de cristal.
Un par de días después, tomando mate con mi vecino y hablando de desamores, él volvió a aparecer. Como un flash, me obnubiló por unos segundos, hasta que pude reaccionar y reconocer eso que días antes me había tocado de una manera muy profunda. Él volvió a envolverme toda, a elevarme y a ponerle palabras a eso que no estaba pudiendo decir. El amor...

lunes

deloprofundo

personajes insólitos
avistando atónitos
sucesos lacónicos
escenarios indómitos

rigidez en la acción
puro verso y ficción
insoportable imitación
demostrando desconexión

palabras banales
miradas triviales
caminatas artificiales
movimientos superficiales

¿a dónde están?
¿a dónde van?
¿tienen un imán?
¿cómo lo harán?

aquellos personajes
paseando con trajes
tomando brebajes
incitando al libertinaje

toreando vienen
nada los detiene
atropellan si conviene
sin titubeos ellos hieren

¿es que no ven?
¿acaso no oyen?
¿por qué no responden?
¿qué es lo que esconden?

incertidumbre nos dejan
a una pregunta se asemejan
nos desemparejan
nuestra oscuridad reflejan




miércoles

Se sentaba en sus palabras, porque hasta el momento era el lugar más cómodo que encontraba para descansar. Le gustaba acomodarse en las vocales, sentir su redonda sonoridad. Eso la adormecía, y en el vaivén de los diptongos se encontraba segura de no perderse en la inmensidad del exterior. Le atraían las consonantes por sus ángulos, se entretenía paseando por la multiplicidad de sus estilos, y de cuando en cuando jugaba a ser una equis, una doble ve o una y griega. Saltaba de tilde en tilde, como pasando de liana en liana, en una jungla palabrera de la que no quería salir. Ahí era la reina de la selva, se sentía libre y poderosa, no había lugar para ni siquiera imaginar que algo o alguien podría detenerla. Entraba y salía de las pancitas, correteaba en las curvas, daba giros en los espacios. Era ella y a la vez era otra cosa, era ella y a la vez podía ser mesa, o frívola, o milagro, o simplemente una o. Podía ser lo que quisiera, sin esperar nada de nadie, y sin que nadie esperara algo de ella. Podía descansar eternamente, jugar eternamente; podía también llorar cuando lo necesitaba, y gritar a oleadas. Potencialmente lo podía todo, excepto salir de ahí.

sábado

La caída

Y entonces lo ví caer,
como las rocas de una montaña que caen a una velocidad irrefrenable.
Lo ví caer.
Lo sentí,
como un fuego que se encendía bien adentro e iba expandiendo su llama por todo mi territorio.
Lo ví caer
lo ví golpearse
lo ví estrellarse
lo ví desarmarse.
Lo vi caer,
y al comienzo quise mantenerlo en pie
malabareando con los ataques que se dirigían hacia él
intentando cubrirlo, defenderlo, amarrarlo,
salvarlo de ese bombardeo estrepitoso que quería desaparecerlo.
Pero lo ví caer,
cuando mis ansias de sostener lo insostenible se esfumaron
cuando mis armas desaparecieron
cuando mis corazas se rompieron.
Lo ví caer,
y tuve miedo, mucho miedo
y quise esconderme
cerré los ojos para no verlo
pero lo ví adentro tan claro como agua de manantial.
Y entonces lo ví caer,
y fue hermoso.