Recuerdo la noche en que lo conocí. Era una de esas noches de verano en donde el alma invernal aparece para recordarnos de su necesaria existencia. Los ponchos ya habían sido rescatados del fondo del placard para abrigar los cuerpos vestidos de verano, en una noche que se perfilaba larga. Estábamos sentados en círculo, alrededor de una gran mesa redonda que cargaba vasos con vino y restos de comida. Había una guitarra sonando y voces cantando canciones que hablaban de amor y de borracheras. Nos mirábamos sonrientes, felices, plenos, sin decir más palabras que las de la canción de turno. Los perros descansaban en un sueño profundo, con la tranquilidad de estar en un lugar seguro. Recuerdo haberme detenido a observar el ritmo de sus respiraciones, y sorprenderme ante la sincronía de sus inhalaciones y exhalaciones, la cual tenía lugar a pesar de que los canes se encontraban uno en cada punta del patio. Y así, entre inhalación y exhalación, apareció él, con su magia, su música suave, sus palabras sensibles, su ritmo tranquilo. Inmediatamente mi atención se dirigió a esa melodía que me envolvió en un abrazo caluroso y acogedor. Lo sentí con todo mi cuerpo, dejándolo penetrar hasta en los recovecos más oscuros y deshabitados de mí. Y lo llenó todo de luz y de sentido. Le otorgó a mi Ser todo eso que hacía tiempo estaba pidiendo a gritos. Rápidamente se marchó, dejando en mí esa sensación de "haberlo encontrado". Fue el primer acorde de una nueva canción que empezaba a sonar lo que me hizo salir de ese estado de profunda inmersión, lo que me permitió observar los rostros de los demás y así ver lo mismo que había visto en mí: Magia. Poco a poco esas sensaciones se fueron difumando, y todos entramos en una especie de amnesia colectiva preguntándonos por lo que había sucedido antes de esta nueva canción que se comenzaba a entonar (o, siendo más exacta, a desentonar). La noche terminó con la luz del día, con los labios y los dientes teñidos por el color de la uva, y algunos bellos durmientes en los sillones, que no aguantaron el regreso al hogar. Por mi parte, volví caminando a casa, acompañada por el canto de los zorzales que musicalizaban esa hermosa madrugada fría de verano. Esa mañana la dormí toda y recuerdo que soñé con castillos de cristal.
Un par de días después, tomando mate con mi vecino y hablando de desamores, él volvió a aparecer. Como un flash, me obnubiló por unos segundos, hasta que pude reaccionar y reconocer eso que días antes me había tocado de una manera muy profunda. Él volvió a envolverme toda, a elevarme y a ponerle palabras a eso que no estaba pudiendo decir. El amor...

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