Se dice de mi...
- Lau Rita
- Empezaría por mi nacimiento, pero no sé cuando nací. Es que en realidad no sé qué es nacer, los verbos inventar (se), advenir (se), aparecer (se), creo que son igual a nacer, o parecidos, o algo así. Yo me invento, me advengo y me aparezco constantemente, nazco constantemente para volver a nacer. Siempre con otra máscara, otro disfraz, otro personaje. No hay un nacimiento, hay miles, millones, tantos como ganas de re-crearse, como fuerzas transformadoras, como pestañeos en una vida, como respiraciones en un sueño de primavera. Me creo una y otra vez, siempre diferente, siempre más diferente, y vivo en nuevos zapatos que desgasto con ímpetu, para desaparecer en su degenero, para volver a empezar, y volver a nacer. No puedo empezar por mi nacimiento, no puedo empezar, no hay comienzo, soy eterno devenir. Incluso desde antes de mi concepción: fui hablada, fui deseada, fui nombrada, fui nacida en la palabra una y otra vez. No existe un antes, no existe un después, sólo existe un ahora, un ahora que condensa en una unidad toda mi historia que a la vez incluye toda la historia de la humanidad. Soy aquella que reúne todo eso que es imposible de nombrarse en una sola vez.
sábado
el séptimo día
Y en su lugar había un árbol. Extendía sus raíces debajo de una tierra húmeda, desde donde su tronco se enaltecía firme, dando lugar a infinidad de ramas que dibujaban laberintos incontables, decorados con grandes hojas danzarinas. Sus frutos eran escasos, pero en esa escasez radicaba su nota distintiva, generando en el observador un movimiento incesante en su búsqueda. Provocaba su figura toda, una sensación de sólido sostén, atemperando su majestuosidad con el dulce vaivén de sus livianas frondas. Algunas aves elegían al gran señor como lugar de descanso transitorio, otorgándole al paisaje un flujo de aleteos constantes. No existía caminante que no se detuviera ante el espectáculo, la belleza del árbol era una atracción irresistible para quien tuviera la picardía de abrir no sólo sus ojos, sino también el corazón. Ella, dulcemente pícara y hábil en el lenguaje del alma, inmediatamente lo divisó, lo abrazó con su ser, conociendo en sus profundidades las peripecias del origen de aquella inmensidad. No existía sensación más plena que presenciar la pureza de esa vegetación, recordando las palabras pronunciadas al arrojar la semilla que supo dar inicio al precioso árbol. "Cada elemento contiene dentro de sí a todos los demás", de su boca salieron las palabras como un susurro incontrolable de verdad. Y ahí fue cuando vió el árbol en sus totalidad, pudo encontrar la semilla, dentro de ese gran mapa que se había desplegado a su alrededor. Su corazón dio un salto, y una ola de felicidad le invadió el rostro. Se acercó al árbol, y debajo de su sombra descansó como jamás lo había hecho, con la tranquilidad de haber experimentado la felicidad, en un instante de creación.
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